Giorgio Armani: el hombre que convirtió la sobriedad en lujo
- gerardosanchez3
- 5 sept 2025
- 3 Min. de lectura
En las calles tranquilas de Piacenza, en 1934, nació un niño que crecería rodeado de un país en guerra. Giorgio Armani recordaría siempre aquellos años: los refugios improvisados, las sirenas, la austeridad de la vida cotidiana. “Aprendí pronto —decía— a no confiar en lo superfluo, a buscar lo esencial”. Esa idea, la de encontrar belleza en lo simple, se convertiría en la brújula de toda su carrera.
De joven, Armani creyó que su futuro estaría en la Medicina. Estudió tres años en la Universidad de Milán, incluso trabajó en un hospital durante su servicio militar. Pero lo que veía allí —el dolor, las operaciones, la sangre— le convenció de que aquel no era su destino. Se retiró sin título, pero con una lección: la vida era demasiado corta como para no seguir una pasión. Casi por azar entró a trabajar en La Rinascente, los grandes almacenes más elegantes de Milán. Era un simple escaparatista, pero observaba cómo los colores, los tejidos y la disposición de las prendas podían crear deseo. Fue allí donde, sin darse cuenta, empezó a construir su propio ojo de diseñador.
El gran salto llegó en 1961: Nino Cerruti, heredero de una de las casas textiles más prestigiosas de Italia, le contrató para diseñar en su línea Hitman. Armani, autodidacta hasta entonces, se sumergió en la rigurosa disciplina de la sastrería industrial. Aprendió cómo un tejido podía caer distinto según el hilo, cómo un hombro podía suavizarse con apenas un cambio de patrón. En aquellos años se gestó su idea revolucionaria: el traje masculino podía seguir siendo símbolo de autoridad, pero no tenía por qué ser una armadura rígida. “El hombre moderno —pensaba Armani— debe moverse, trabajar, seducir, vivir; no puede estar aprisionado en su ropa”.
Armani tenía ya cuarenta años cuando decidió dar el salto. Con su socio y pareja, Sergio Galeotti, fundó en 1975 Giorgio Armani S.p.A. Para financiarse, no dudó en vender su coche Volkswagen Beetle. Galeotti, de espíritu emprendedor, convencía a inversores y organizaba desfiles; Giorgio se dedicaba al diseño con una obsesión casi monástica. Al principio eran pocos: algunos trajes de hombre, unas cuantas chaquetas. Pero había algo distinto en esas prendas: hombros más suaves, chaquetas sin forros rígidos, tejidos de lana fría que caían como seda. Milán pronto empezó a hablar del “nuevo sastre que quitaba peso al traje”.
El giro del destino llegó en 1980, cuando el director Paul Schrader eligió a Armani para vestir a Richard Gere en American Gigolo. El resultado fue eléctrico: Gere, caminando frente al espejo con un traje gris claro de Armani, se convirtió en la imagen del hombre moderno. De repente, todo ejecutivo en Nueva York y todo actor en Los Ángeles quería un Armani. Dos años más tarde, Armani era ya un fenómeno global: la revista TIME lo puso en portada en 1982. Armani, sin levantar la voz, había cambiado las reglas del vestir.
No eran solo los trajes. Era una filosofía estética: la chaqueta desestructurada, que daba libertad de movimiento; la paleta neutra de grises, beige y azul noche; y la traslación de la sastrería masculina al armario femenino. Este estilo fue uniforme del éxito en los 80 y 90, pero sigue vigente por su atemporalidad. “La elegancia no consiste en llamar la atención, sino en ser recordado”, repetía.
Lo que empezó con un puñado de trajes se transformó en un imperio diverso: Emporio Armani (1981), Armani Privé en París, A|X Armani Exchange (1991), Armani/Casa, perfumes como Acqua di Giò (1996), hoteles Armani en Dubái y Milán, y el museo Armani/Silos (2015).
Armani era conocido por su disciplina espartana. Se levantaba cada día a las cinco de la mañana, vestía casi siempre camiseta negra y pantalones azul marino, y revisaba personalmente cada detalle de su empresa. Nunca buscó el exceso ni en su vida privada ni en sus colecciones. Tras la muerte de Galeotti en 1985, muchos pensaron que no resistiría. Pero Armani respondió reforzando su control y se convirtió en uno de los pocos gigantes de la moda que nunca se entregó a un conglomerado: defendió hasta el final la independencia de su casa.
En 2016, pensando en el futuro, creó la Fundación Giorgio Armani, asegurando que su empresa quedara en manos de colaboradores y familiares de confianza. “Mi nombre debe seguir siendo sinónimo de coherencia y disciplina”, declaró.
El 4 de septiembre de 2025, a los 91 años, Giorgio Armani falleció en Milán. La capilla ardiente se celebró en el Teatro Armani. Su legado: haber transformado la moda con una elegancia sobria, cómoda y atemporal.
Armani no solo creó ropa: creó un lenguaje universal de elegancia sobria. Su obra demuestra que lo esencial, bien hecho, puede ser eterno.
Comentarios